Hay algo que hace que teatro, guerra y deporte sean la misma cosa. A diferencia de la música o de
la pintura estas tres necesitan del tiempo y del espacio para existir. El teatro, la guerra y el deporte son los
tres grandes acontecimientos que existen. No hacemos otra cosa desde que nacemos. Desde niños y en
cualquier lugar, cada acción humana puede ser clasificada en uno de estos tres ámbitos, muchas en más
de una. Pero hay en el deporte y en la guerra un componente que no sabíamos hacer encajar en el teatro.
La competición. Dónde está la competición en el escenario, quién contra quién, quién gana, la competición
es siempre la misma o depende de la obra. En La velocidad del padre, la velocidad de la madre hay dos
competiciones. Una dentro de la obra y la otra fuera. La de fuera es la que nunca cambia, la del público
contra los actores, a ver quién aguanta más, el que se confiesa o el que mira. Pero esta obra tiene una
pelea dentro, esta obra es la lucha de dos historias. Esta obra es un padre y una madre que creen que
su historia es la mejor, que su hijo cambiará el teatro o el mundo. Una madre y un padre que no se
conocen, que nunca se han visto, tratan de llamar la atención del espectador.
La madre, embarazada, está preparando la mejor herencia, para cuando su hijo nazca. La madre tiene al
hijo dentro y lo posee completamente, como el actor posee al público del teatro. Y ella no quiere tenerlo,
no quiere compartirlo, y apura el tiempo que le queda para hablarle y hablarle de ese modo, sin ser
interrumpida. En la otra mitad del escenario el padre ya no quiere educar a su hija, sólo quiere que no se
quede con él pero que no se vaya, que no haga nada. Sólo le importa convivir, poner reglas, poner nombres
a las cosas, decir lo que está bien y lo que no, lo que importa y lo que no importa. sigue...